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Imagen del poeta Constantino Molina. Fotografía: Raquel Merino

Lo suyo con la escritura podría ser una suerte innata que no se sabe de dónde viene. La fortuna, no al alcance de todos, de haber vivido en un pueblo y disponer de momentos del necesario aburrimiento para pararse y pensar, le dieron la posibilidad de explorar en el mundo del arte y encontrar una feroz fidelidad a la poesía.

Entre imágenes de guerra y discursos de crisis permanentes, la actitud serena y sensible de Constantino Molina, nos sugiere un refugio, ese que seguro encontró él en la poesía cuando aún no tenía claro dónde volcar su gruesa creatividad. “Siempre me ha interesado el arte. Primero me dio por la pintura, luego por la música y finalmente por la literatura, que era lo único que podía hacer en solitario. 

Esa soledad del pueblo me ayudó a encerrarme en los libros cuando era adolescente. Comencé a entender las referencias de la poesía, a generar un discurso propio y eso desembocó de manera natural en su escritura”.

“La poesía es la realidad de la palabra, el resto de géneros literarios son la ficción”

Se declara orgulloso de ser uno de la última generación que creció salvaje, sin conexión a redes y en tierras rurales, nada menos que en Pozo Lorente (Albacete), un pueblo de La Mancha, tierra bendecida, o no, con la falta de referencias. “Es brutal. El paisaje de La Mancha es demasiado metafísico, no tienes referencias, es una influencia abstracta, una llanura esencialista y eso tiene su encanto, pero consumido en exceso puede ser perjudicial para la salud mental”.

Voraz lector y poco aplicado en el estudio al uso, pronto manifestó su actitud de rebelión optando por el placer de disponer de independencia económica y tiempo para escribir. “No acabé la carrera, preferí trabajar y desarrollar mi necesidad artística. La poesía me fascinó, me sentí identificado con su parte espiritual y con su desarrollo en un terreno estético. Para mí es un acompañamiento y me es necesaria la creación, definir por dónde quiero ir, el lugar que quiero ocupar en ese puzle y participar de ese conglomerado de gente pensante que, desde hace cinco milenios, viene siendo la literatura. Es una manera de definir una cierta filosofía vital preguntándote qué referencias culturales quieres tomar y de qué manera quieres decirla. No tiene más”, asegura Molina.

Imagen de la obra narrativa de Constantino Molina: «El canto de la perdiz roja en interior»

“Mis obras están movidas por una misma obsesión, la relación con el misterio y la incertidumbre, no enfrentarme sino saber ir en paralelo a ello”

Tras publicar sus tres primeras obras de poesía galardonadas con los premios más prestigiosos a nivel nacional, como es el Adonáis, con ‘Las ramas del azar’ , y el Premio Nacional de Poesía Joven en 2016, se lanza a la prosa con ‘El canto de la perdiz roja en interior’. Una especie de diario en el que utiliza un tono más irónico y duro para hablar de sus vivencias en el pueblo y reflexiones. “Al llegar a Madrid a vivir, en un principio me dio casi que por ocultar mis orígenes, porque en los entornos en los que me movía yo parecía venir de otro planeta, la gente de la cultura no suele haber vendimiado mucho, pero pronto entendí que eso había que explotarlo y era una veta importante sobre la que trabajar”.

La vuelta al pueblo por temas familiares, le hicieron coger perspectiva y dar forma a sus recuerdos en un diario. “Lo mejor que podrían decir de la obra es que la han leído sin un bostezo de por medio. Que invite desde las primeras páginas a entrar en ella. También que encuentren referencias que les diviertan o que les haga pensar en cosas como el lugar que ocupa uno en el mundo o su relación con la Guardia Civil”.

El poeta Constantino Molina posando en las calles del barrio madrileño en el que reside actualmente.

 ¿Qué suponen los premios?

Los premios son la forma de meterte en el mundo editorial cuando vienes de la nada y no tienes contactos. Yo me la jugué y tuve suerte, el dinero que ganas te da libertad y sosiego para crear, es importantísimo.

¿Alguna manía a la hora de escribir?

Ni rituales ni, casi, manías. Solo necesito un boli Pilot G-Tec 04, que en serio es el mejor boli para escribir.

¿Cuánto tiempo dedicas a la escritura?

Cuando empecé estaba majara y obsesionado, no hacía otra cosa. Teorizaba en exceso. Luego uno se asienta y convive de otra manera más sana con la escritura, la vida adulta. Tienes que hacer más cosas y compaginar con un trabajo porque no es fácil vivir de ello. Yo he vivido a rachas, pero con la poesía es difícil, ya que no hay un auditorio tan grande como el que tiene la narrativa.

¿Te cuesta encontrar título para tus obras?

A veces no es fácil encontrar el título y otras es lo primero que viene, es importante porque puede cambiar totalmente el sentido de un texto, con eso a veces dudo mucho. El último libro se llamaba de una manera distinta y a mitad lo cambié, creo que mejoró con “El canto de la perdiz roja en interior”. También me pasa con la poesía, cambié el título al dar con la palabra Cingla, fue como una iluminación. ¡Aquí está!. Ahora es mi palabra favorita.

¿Hay alguna palabra que no estés seguro de cómo utilizar?

Amor, corazón. Todo lo que tiene una connotación emocional potente, derrapas en la cursilería rápidamente. Hay que tener un cuidado extremo al utilizarlas.

¿Crees que hay machismo en el mundo de la poesía?

Creo que lo ha habido, pero en los últimos diez años se ha corregido bastante. Antes la norma, como yo la llamo, era V/50, todas las editoriales, premios, festivales… estaban gestionados por hombres de más de 50 años. Esto afectaba a la mujer y a la juventud.

¿Qué libro regalarías?

Un libro de Hermann Hesse, Siddhartha, por ejemplo. Es un autor más encasillado en una espiritualidad para iniciados, que le debe chirriar a muchos literatos, pero es una cosa esencial y maravillosa, para cuando uno empieza a forjar su identidad y el rumbo de una vida puede cambiar, pero también para una relectura constante. Como ya he dicho, en la literatura me interesa una cierta filosofía vital, en lo que uno hace y escribe, acompañado de la parte estética, y eso creo que se ha dejado de lado, la parte espiritual, es algo muy denostado. Lo emocional o lo espiritual se ha llevado al palo de la autoayuda o se la han apropiado los de la homeopoesía, que son esos textos en verso para oligofrénicos sensibleros. Siddhartha es una buena recomendación para atender a esa parte que la “alta” literatura a veces deja de lado, sobre todo cuando se encierra como un niño friki en el cuarto de los juguetes de lo metaliterario. Creo que ese libro debería ser una lectura obligada en secundaria.

¿Cómo te gustaría despedirte?

Invitando a la gente a que compre “El canto de la perdiz roja en interior”, que compren miles de ellos para que así pueda abandonar cuanto antes el mercado laboral.

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