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Afirmar que el vino está de moda es un tópico, es decir, una expresión trivial y muy empleada, por ajustarnos estrictamente a lo que prescribe el diccionario de la Real Academia Española. Sin embargo, y aunque nos pueda parecer raro o hasta imposible a causa de nuestra corta visión de la historia, esto no ha sido siempre así al menos en nuestro país. Hace, digamos, cuatro décadas, el consumo de vino por habitante y año era muy superior al actual y, en cambio, su incidencia social, económica, mediática y hasta publicitaria resultaba muy considerablemente menor. Es más, el vino se asociaba más con lo rural que con lo urbano, con lo alimenticio que con lo placentero, con lo barato que con lo lujoso. 

Esta situación, para alegría de productores, intermediarios, restauradores y, claro está, consumidores, se ha dado sin embargo la vuelta y el mercado del vino en España, al igual que tantas otras cosas, ya no hay quien lo conozca. Desterradas las botellas de un litro con sus cinco estrellas grabadas alrededor del cuello, olvidadas marcas entonces tan comerciales como “El Tío de la Bota” o “Soldepeñas”, la situación en nuestro país se ha aproximado a la propia de lugares como Francia, que siempre fue muy delante de nosotros a la hora de valorar y vender bien sus productos.

No obstante, y como cualquier moda, la creciente estima social del vino amenaza con convertirnos en auténticos fashion victims obligados a identificar la copa apropiada, la variedad más on fire, el más original maridaje y a no quedar como auténticos pardillos ante los autodenominados expertos que, súbitamente, han aparecido como níscalos en un buen otoño. Aterrorizados ante la posibilidad de dar un like a cierto vino que desconocemos totalmente y que igual es una porquería, enmudecemos ante la inundación de aparente información enológica en la web y las redes sociales. Antiguamente, la gente se sonrosaba sólo por razones serias; hoy, muchos lo hacen por dudar entre un Jumilla y un Marina Alta para acompañar un arroz. ¡Así estamos!

Pero no hay que preocuparse, en serio. El vino debe de ser una fuente de placer y no de preocupaciones, una invitación a la charla y no a la discusión sobre, por ejemplo, la tanicidad de lo que estamos bebiendo. Para ello, sería interesante y, espero, útil detenernos en algunos puntos que hoy, sencillamente, enuncio para irlos desarrollando posteriormente juntos con otros más en esta travesía que deseo larga.

¿Ribera o Rioja?

Es lamentable que todavía en ciertos locales el camarero te entre con esta disyuntiva, como si no existiesen más regiones vinícolas en España. Y lo más curioso es que, muchas veces, estás viendo detrás del mostrador vinos de León, de Toledo, de Tarragona o de Murcia y, por costumbre, vagancia intelectual o inercia comercial, no se ofrecen adecuadamente. Que el pasado año se calificase como mejor vino de España de la añada 2018 a un vino de Valdepeñas («José Manuel Corrales Viñas Viejas Tempranillo 2018»), parece no haber calado en el espíritu de algunos restauradores y, no lo olvidemos, de muchísimos clientes que presumen de entender, pero son incapaces de nombrar tres denominaciones de origen españolas distintas de las dos mencionadas.

Las catas y el miedo escénico.

Seguro que más de uno/a ha vivido esta experiencia: vamos tan alegres y contentos a una cata que organiza una tienda de vinos, una bodega con sección enoturística o la Asociación de Amigos del Morapio de Carcajal del Barranco y, de repente, parece que hemos entrado en un lugar donde no se habla nuestro idioma. Entre ribetes, meniscos sin rodilla, aromas secundarios (¡y hasta terciarios!), antocianos, esfericidad, frutas rojas muy maduras, compotas, retrogusto y aparente seriedad que es sólo postureo, ni bebemos a gusto, ni nos divertimos ni somos capaces de expresar con nuestras propias palabras lo que un vino determinado nos dice o nos sugiere, con tal de no equivocarnos en una tan solemne ceremonia. Catar, sobre todo de forma no profesional y entre amigos, es -o debería ser algo muy distinto a una lección magistral. Compartir sensaciones, comparar variedades o tipos de vino, aumentar nuestra cultura enológica y sentirnos entre amigos y, a su vez, amigarnos al vino. Todo eso es catar.

Valor y precio

Dice sabiamente Joan Manuel Serrat en su canción Soneto a mamá: “Supe que lo sencillo no es lo necio, que no hay que confundir valor y precio.” El mejor vino, tenedlo claro, es el que más os guste y no el que más os cueste. Un efecto indeseable de la moda vitivinícola es el muchas veces injustificado aumento de los precios. ¿Que Parker me da este año dos puntos más y llego al 94? Pues diez euritos más la botella. ¿Que mi zona se ha calificado como very promising en Wine Spectator? Pues, aunque mis majuelos están casi en el límite de la supuesta milla de oro, subidita de precio que regalan.

Se llega así a situaciones no sostenibles donde, más que la calidad del producto manda la región, la etiqueta, el nombre del enólogo que, al parecer, ha elaborado el vino aunque realmente haya sido sólo un mero consultor bien pagado y cualquier otra menudencia de marketing en general ajena a lo que realmente nos debe interesar: que el vino esté bueno, que lo disfrutemos, que nos llene. La foto con la que acompaño este primer artículo es de un vino de cooperativa que no llega a cinco euros la botella y me ha resultado realmente espectacular: precioso de color, intenso en la nariz, tan pleno en la boca que enseguida invita a otro trago…

De estas y otras cuestiones espero tratar en los artículos que sigan. Estaré encantado de recibir vuestras opiniones (por malas que puedan ser) y sugerencias (por raras que puedan parecer). Mi único interés es entreteneros y comentar con vosotros algunas cuestiones relativas a este “fruto de la vid y del trabajo del hombre” que es, para mí sin duda, prueba evidente de la inteligencia y la sensualidad del ser humano: el vino.

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