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Con esta mesa de fuertes contrastes de colores he empezado el año. Quería que estuviera presente en mayor o menor medida la vajilla de Macao que me regalaron mis hijas, allá por el mes de Septiembre. Fue un adelanto de los regalos de Reyes, y me apetecía utilizarla, ya que íbamos a estar todos.

No tenía nada pensado con antelación, y allí estaba yo la noche de Nochevieja con la
cabeza a dos bandas. Una integrada en la conversación, y otra dándole vueltas a platos y manteles. De este desdoblamiento mental sabemos mucho las mujeres ¿verdad?.

Al final me decidí por una combinación chocante de colores. El verde muy oscuro, casi negro, del mantel de brocado, con el rosa chicle aniñado de servilletas y platos.

Estos últimos colocados sobre un bajoplato de cristal con borde dorado, son uno de Limoges combinando con otro de Macao. Los platitos de pan de porcelana alemana, siguen la misma línea cromática.

Cubertería tailandesa en bronce, que últimamente me está resultando indispensable. Es curioso la cantidad de veces que el conjunto de la mesa requiere cubiertos dorados, y lo bien que hace su papel este tipo de cubertería. Copas de herencia familiar en cristal verde y transparente.

Soy una enamorada de los tibores, y utilicé uno chino como centro de mesa. De color negro, va pintado con flores y hojas en rosa y verde. Lo complementé con dos helechos cogidos sobre la marcha en el jardín, que pinte de dorado con un spray.

Y como broche de oro, y además literalmente, servilletas antiguas francesas adamascadas, con servilleteros del citado metal. En realidad son pulseras de un semanario heredado de mi madre. Hay que empezar el año a lo grande. Vamos, que se acabó la miseria ¿O no?.

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