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Comer sólo no es sinónimo de descuidar la mesa, comer deprisa cualquier cosa o hacerlo frente al televisor… si no más bien una oportunidad para darse un homenaje  y disfrutar del placer de una soledad elegida, una oportunidad de rodearnos de esos objetos a los que  tenemos especial afecto y aquellos que erróneamente  sólo sacamos en ocasiones señaladas. Esto cobra un mayor sentido en estos tiempos de distanciamiento social y aislamiento, donde ponemos  a prueba nuestra capacidad creativa y resistencia a la adversidad.
En esta mesa todo está pensado para disfrutar de los sentidos, el tacto de un fino mantel blanco  bordado y la servilleta de encaje, la vajilla de Limoges con filo dorado y la taza de consomé con su plato de herencia,  los cubiertos y los salpimenteros  de plata,  así como el plato del pan de cristal francés. Las copas de cristal verde aportan una nota de color al sobrio esquema cromático, junto con el centro de porcelana  de estilo Imperio decorado con flores blancas y hojas verdes. Una botella de licor antigua de cristal tallado alberga para esta ocasión tan especial el vino y la buena compañía de una escultura clásica con la que compartir un momento tan especial.

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